Custodia compartida. El debate inacabable. Segunda Parte

Autora: Carmen Pérez Alfonso

¿Por qué denominamos inacabable el debate sobre la custodia compartida?

Hasta cierto punto ha sido una sorpresa la cantidad de entradas que ha tenido la publicación de una noticia del diario El País por parte de mi compañera de bufete Elena Ferrer, tanto en nuestra web como en nuestra página de LinkedIn. Y digo sorpresa porque, recién terminadas las Navidades, a todos nos abruman un gran numero de tareas y lecturas profesionales que hemos dejado aparcadas durante las dos últimas semanas.

Pero, pensándolo bien, ¿por qué no? Estos días, un tanto por ciento importante de los adultos se ha visto impelido a negociar con su ex pareja/cónyuge, o bien a recurrir a su abogado o, en última instancia, al Juzgado de Familia para ordenar el régimen de estancia y vacaciones de sus hijos.

Digamos que el éxito de la publicación del artículo proviene de  que el tema de las idas y venidas de los menores estaba muy cercano en el tiempo.

Pero con independencia de lo anterior, el debate se centra y adquiere su trascendencia en el concepto custodia compartida. Posicionarse a favor o en contra es, según algunos colectivos, tomar partido por los derechos de los hombres en detrimento de los derechos de las mujeres o viceversa. Así de simple y pedestre resulta al final la cuestión.

Sin embargo, el tema y su solución, que nosotros denominábamos inacabable, pone de manifiesto la imposibilidad del derecho para regular situaciones que podríamos calificar de estrictamente humanas. Es como si se quisiera legislar sobre las ganas de comer o las horas de sueño.

En nuestro ámbito, el jurídico, se tiende a convencernos, por parte de los operadores, de que un reparto más o menos milimétrico del tiempo del niño, con la bandera de la igualdad entre los progenitores como señuelo, es no solo legislar y dictar resoluciones en interés del menor, sino además bueno para su desarrollo intelectual, afectivoemocional, y para su educación desprejuiciada. Es decir, una experiencia a caballo entre un campamento en inglés en EEUU y un curso de inteligencia emocional. Tan buena es la idea y su desarrollo que parece que en la nueva reforma del Código Civil, digamos que la solución se impone, utilizando la moderna terminología, por defecto. 

Pero lo cierto es, y así lo hemos reflexionado alguna vez en Sala, que a una persona, y sobre todo a una persona en fase de maduración o crecimiento, que se la lleva a dormir itinerantemente de una cama en otra, a vivir de un barrio en otro, a establecer distintos tipos de dietas alimentarias, costumbres, horarios, y todo ello con periodicidad milimétrica, se la está abocando al estrés y el desequilibrio más desconsiderado. A veces, tiene el letrado la sensación de que se está produciendo la nueva versión del Juicio de Salomón.

Los niños en muchas ocasiones se resisten —nosotros, adultos, también nos resistiríamos—; en otras ocasiones, callan, se estresan y se desbordan en múltiples facetas que ponen de manifiesto la mala gestión que hacen de tanto cambio. Ropa que se queda en una casa y en otra y que hay que salir corriendo a buscarla, deberes, libros y material escolar disperso por aquí y por allá, horarios de actividades extraescolares absolutamente desordenados, casas con posibles, casas con menos posibles, dormitorios individuales, dormitorios compartidos, parejas estables, parejas coyunturales. Así se adquiere mundología.

Establecido el debate, por lo menos en un principio, como una cuestión de género —los hombres son incapaces y se quieren ahorrar la pensión y las mujeres lo único que quieren es sacarnos el dinero y alienar a los hijos en contra de nosotros—, hemos llegado a la peor, a nuestro juicio, de las soluciones.

Un niño, un menor, un adolescente, al igual que un adulto, necesita estabilidad. Necesita saber dónde están sus cosas, quiénes conforman su pandilla, tener un sistema de comidas, reglas claras respecto del uso de la informática, la televisión, la Play, etc. Reglas que le hagan crecer y no menguar, que le tracen un camino claro en la vida y no uno oscuro y confuso. Si cada semana, cada dos semanas, cada mes e incluso en algunos casos cada día, le llevamos de acá para allá con dos concepciones distintas de la vida —que por eso se separan los progenitores—, hacemos flaco favor al proceso de su maduración.

Esto no significa que deba permanecer con la madre y su entorno en todo caso —nada más lejos de lo que se quiere manifestar con estas líneas—, pues es gratamente significativo el número de varones que ejercen la progenitura de forma no solo responsable y digna, sino más responsable y más dignamente que muchas mujeres. Son hábiles con los afectos y con los elementos más funcionales de la vida y es aquí donde se debería evaluar si no una mayor cualificación, porque habrá casos de difícil concreción, sí una mayor disponibilidad horaria, una mayor cercanía al colegio, un estudio de la vivienda y sus otros moradores, la relación del menor con su entorno más cercano, el respeto guardado de un progenitor con respecto al otro…y todo ello conformar la mejor solución para la vida cotidiana del menor.

El problema surge de la necesidad que parecen tener los legisladores desde hace unos años de contentar a todos.

Como ya se ha expuesto en líneas anteriores, el nudo gordiano es esencialmente humano, ergo irresoluble desde el ámbito del derecho material, es decir de la letra de la Ley. Ello no es óbice para que se utilicen criterios tan jurídicos como los de equidad y buena fe. Esos que todos estudiamos en nuestro primer año de licenciatura.

En primer lugar, miremos a los cónyuges sin un ápice de discriminación de género. ¿Ya lo hemos hecho? Pues bien, ahora explore S. Sª al menor en un sitio adecuado al efecto (eterna reivindicación ésta), hable con los tutores del colegio, con la familia cercana (¿recuerda mi propuesta el proceso de incapacitación o emancipación?), interésese por las condiciones de la vivienda, por el dormitorio de los menores, por las otras personas que viven con el niño. En fin, cumpla su función la judicatura. Es fácil: en otros procedimientos no menos peliagudos lo consigue.

Ni los abogados estamos para remitir correos electrónicos de un progenitor a otro, ni los equipos psicosociales deben ir, para cumplir su verdadera función, más allá del estudio de familias disfuncionales o progenitores con palmarias anomalías, ni es necesario un equipo de mediación —otra concesión del legislador a determinados grupos— que siempre va a ralentizar la resolución del problema (todo lo que no sea finalizarlo con una regulación forzosa o convencional es empeorarlo) y que debe ser, en fin, un recurso proveniente de una decisión privada y no legislada.

Se está cargando tanto a los juzgados de familia entre estudios psicosociales y gabinetes de mediación que un divorcio se está convirtiendo en el cuento de nunca acabar, mientras el juez se convierte en un observador inane. Pero ese es otro debate.

En conclusión, es el hijo y la responsabilidad que su desarrollo conlleva lo que debe ser compartido, articúlense los medios para que ningún progenitor haga dejación de ese derecho/obligación, como lo llama la jurisprudencia, y establézcase un sistema de ejecución de sentencias efectivo. Pero no terminen con el problema sometiendo a nuestros menores, y ya son muchos, a una continua mudanza. Por favor, ¿alguien cree que es esa la solución?

¿Querrían ustedes cambiar su espacio y sus costumbres cada día, cada semana, cada quince días, cada mes?

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